Son las nueve de la mañana y estoy
mirándome en el espejo del baño. De mi rostro y el flequillo aún
chorrea el agua que aventé para acelerar el letargo e
inyectarme un poco más de ganas de vivir este día que acababa de
empezar para mi.
Las nueve y media de la mañana. En
el cuerpo solo puede entrarme agua a temperatura natural, ya tengo la
cara seca pero de mis profundidades aún chorrean retazos de sueño,
fragmentos de cortometrajes pesados.
No tengo hambre, definitivamente, y
si como algo será para que me caiga pesado y cargar con eso buena
parte de lo que queda de la mañana. No, seguiré con el agua.
En una ocasión cualquiera hubiera
comprado una empanada y aguantar con hermoso gusto la queja
estomacal.
Son las diez y catorce y está bueno
este día gris, los rostros de las personas que me acompañan en esta
espera casual por el semáforo rojo en la esquina de Estados Unidos
y Azara se notan calmas. Por fin el verde se vuelve rojo y sigo mi
destino, no sé a dónde voy aún, estoy esperando que algo suceda y
sea la señal del destino para ir a un puerto y anclar.
Me lanzo al fondo de la calle Azara,
subiendo y bajando las olas de colinas del centro de la ciudad, sigo
sin saber a donde ir pero la calle me distrae y por ahora no hay
asomos del colmillo de las ansias. El dia nublado le confiere otros
colores a las cosas, noto abiertas algunas ventanas de los balcones
que enfrentan a la calle y me parece raro, imagino todo el smog que
deben acumular esos espacios, sean sala o habitaciones ya que por
Azara pasan un montón de colectivos que van pintando a su paso el
paisaje de humo negro y letal.
El progreso a veces me arruina
alguna que otra mañana, particularmente cuando deambulo por el
centro y termino con los ojos rojos y estornudando. Decido evitar que
eso suceda y doblo con determinación la esquina Independencia
Nacional, una calle patriótica que le confiere otro aire a este
caminar. Recuerdo que una vez me comentaron el caso de una persona
que venía por primera vez a la capital y cuando caminaban con otra
persona por la calle Estados Unidos había preguntado en qué parte
mismo había ocurrido el atentado a las torres gemelas.
Es la enésima vez que flota este
recuerdo y cada vez pierde más fuerza cómica.
La relación entre el progreso y la
decisión de subir Independecia Nacional, el destino tejiéndose por
el azar, al menos eso creo, lo que si es que esta calle no me afrece
nada, doblo en Piribebuy y me voy a la mierda dispuesto a cansarme
hasta que suceda algo. Caminar sin sentido, surfear los pensamientos,
aburrirme en movimiento.
Por las paredes veo anuncios de
préstamos personales a sola firma sin mirar Informcof, afiches de
gente anciana extraviada, perros perdidos con gratificaciones a
cualquier información que sirva, que valga la pena, graffitis contra
el gobierno. Una especie de clasificados gratuito.
Ya estoy parado en Piribebuy y Colón
y me detengo, frente a mi pasa el río sonoro de coches y si la calle
suena es por que autos lleva y demás maneras de decir la misma
metáfora, pienso para olvidar que no tengo rumbo cuando recuerdo que
estoy a cuadras nada más y tengo a favor la baja de la colina que me
lleva a El Rubio.
Entro decidido a descansar
sintiéndome como en casa, saludo con una sonrisa sincera a María
que me devuelve el saludo. Hace ya un mes que no vengo al rubio y
regresar es siempre bueno. En días como este, donde no hay nada
concreto el rubio es una mezquita, un refugio espiritual y al pensar
esto no exagero. En el bar se respira calma, es que la penumbra
alimentada por la luz natural de las calles General Diaz y Colón le
da un clima maternal, una sensación de seguridad de no sé qué, las
ventanas enrejadas como protegiendo a sus hijos de la hostilidad de
la vida cotidiana, de la jornada repetida de caravanas de humanos
yendo y viniendo de sus labores, de las bocinas del río de
automóviles que marchan por las calles entonando el estridente
sonido del progreso.
Tengo todo desplegado frente a mi,
todo lo necesario para desvanecer las horas; una Pilsen bien helada,
el cenicero y una caja con 20 cigarrillos. En la emisora del bar
suenan hits de los ochentas, para variar.
Afuera los colectivos no cesan de
pasar. Elegí un rincón ubicado frente a la ventana que da a la
calle colón, no elegí la mesa que da a la ventana que abarca la
intersección de ambas calles porque a veces uno sin querer cruza los
ojos con algún existente que viene caminando y debe saludarlo.
La birra desciende con ganas, con
sed y ya voy por el último vaso de la primera botella y frente a mi
ubiqué el libro que traje.
La borrachera del mediodía tiene
otro tono. Mis pensamientos se aligeran, agradezco que el día siga
nublado y no haya la violenta iluminación del sol a estas horas
aunque el desborde de la gente que con rapidez hambrienta van
colmando los copetines de la zona delate la hora de la jornada.
Voy ya por el segundo vaso de la
segunda botella cuando frente a la ventana que da a la calle colón
pasa un tractor siendo dirigido por un hombre que lleva una camiseta
roja, dentro mío una sensación leve de aburrimiento, ligera aún
pero lo suficiente como para hacerse sentir asoma por las ventanas de
mi alma.
Abro el libro
finalmente en la página uno y leo una cita: “Sabio es el que se
contenta con el espectáculo del mundo”. De Ricardo Reis y volteo
la página, allí donde arranca la novela, apuro otro trago de
cerveza ya no tan helada y me preparo para desembocar en otro río.
