martes, 12 de abril de 2011

Cuento nacido de una fotografía

Son las nueve de la mañana y estoy mirándome en el espejo del baño. De mi rostro y el flequillo aún chorrea el agua que aventé para acelerar el letargo e inyectarme un poco más de ganas de vivir este día que acababa de empezar para mi.
Las nueve y media de la mañana. En el cuerpo solo puede entrarme agua a temperatura natural, ya tengo la cara seca pero de mis profundidades aún chorrean retazos de sueño, fragmentos de cortometrajes pesados.
No tengo hambre, definitivamente, y si como algo será para que me caiga pesado y cargar con eso buena parte de lo que queda de la mañana. No, seguiré con el agua.
En una ocasión cualquiera hubiera comprado una empanada y aguantar con hermoso gusto la queja estomacal.
Son las diez y catorce y está bueno este día gris, los rostros de las personas que me acompañan en esta espera casual por el semáforo rojo en la esquina de Estados Unidos y Azara se notan calmas. Por fin el verde se vuelve rojo y sigo mi destino, no sé a dónde voy aún, estoy esperando que algo suceda y sea la señal del destino para ir a un puerto y anclar.
Me lanzo al fondo de la calle Azara, subiendo y bajando las olas de colinas del centro de la ciudad, sigo sin saber a donde ir pero la calle me distrae y por ahora no hay asomos del colmillo de las ansias. El dia nublado le confiere otros colores a las cosas, noto abiertas algunas ventanas de los balcones que enfrentan a la calle y me parece raro, imagino todo el smog que deben acumular esos espacios, sean sala o habitaciones ya que por Azara pasan un montón de colectivos que van pintando a su paso el paisaje de humo negro y letal.
El progreso a veces me arruina alguna que otra mañana, particularmente cuando deambulo por el centro y termino con los ojos rojos y estornudando. Decido evitar que eso suceda y doblo con determinación la esquina Independencia Nacional, una calle patriótica que le confiere otro aire a este caminar. Recuerdo que una vez me comentaron el caso de una persona que venía por primera vez a la capital y cuando caminaban con otra persona por la calle Estados Unidos había preguntado en qué parte mismo había ocurrido el atentado a las torres gemelas.
Es la enésima vez que flota este recuerdo y cada vez pierde más fuerza cómica.
La relación entre el progreso y la decisión de subir Independecia Nacional, el destino tejiéndose por el azar, al menos eso creo, lo que si es que esta calle no me afrece nada, doblo en Piribebuy y me voy a la mierda dispuesto a cansarme hasta que suceda algo. Caminar sin sentido, surfear los pensamientos, aburrirme en movimiento.
Por las paredes veo anuncios de préstamos personales a sola firma sin mirar Informcof, afiches de gente anciana extraviada, perros perdidos con gratificaciones a cualquier información que sirva, que valga la pena, graffitis contra el gobierno. Una especie de clasificados gratuito.
Ya estoy parado en Piribebuy y Colón y me detengo, frente a mi pasa el río sonoro de coches y si la calle suena es por que autos lleva y demás maneras de decir la misma metáfora, pienso para olvidar que no tengo rumbo cuando recuerdo que estoy a cuadras nada más y tengo a favor la baja de la colina que me lleva a El Rubio.
Entro decidido a descansar sintiéndome como en casa, saludo con una sonrisa sincera a María que me devuelve el saludo. Hace ya un mes que no vengo al rubio y regresar es siempre bueno. En días como este, donde no hay nada concreto el rubio es una mezquita, un refugio espiritual y al pensar esto no exagero. En el bar se respira calma, es que la penumbra alimentada por la luz natural de las calles General Diaz y Colón le da un clima maternal, una sensación de seguridad de no sé qué, las ventanas enrejadas como protegiendo a sus hijos de la hostilidad de la vida cotidiana, de la jornada repetida de caravanas de humanos yendo y viniendo de sus labores, de las bocinas del río de automóviles que marchan por las calles entonando el estridente sonido del progreso.
Tengo todo desplegado frente a mi, todo lo necesario para desvanecer las horas; una Pilsen bien helada, el cenicero y una caja con 20 cigarrillos. En la emisora del bar suenan hits de los ochentas, para variar.
Afuera los colectivos no cesan de pasar. Elegí un rincón ubicado frente a la ventana que da a la calle colón, no elegí la mesa que da a la ventana que abarca la intersección de ambas calles porque a veces uno sin querer cruza los ojos con algún existente que viene caminando y debe saludarlo.
La birra desciende con ganas, con sed y ya voy por el último vaso de la primera botella y frente a mi ubiqué el libro que traje.
La borrachera del mediodía tiene otro tono. Mis pensamientos se aligeran, agradezco que el día siga nublado y no haya la violenta iluminación del sol a estas horas aunque el desborde de la gente que con rapidez hambrienta van colmando los copetines de la zona delate la hora de la jornada.
Voy ya por el segundo vaso de la segunda botella cuando frente a la ventana que da a la calle colón pasa un tractor siendo dirigido por un hombre que lleva una camiseta roja, dentro mío una sensación leve de aburrimiento, ligera aún pero lo suficiente como para hacerse sentir asoma por las ventanas de mi alma.
Abro el libro finalmente en la página uno y leo una cita: “Sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo”. De Ricardo Reis y volteo la página, allí donde arranca la novela, apuro otro trago de cerveza ya no tan helada y me preparo para desembocar en otro río.






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